Por si todavía queda algún internauta paciente para leer adjunto este interesante texto... (Leedlo!)
Deprisa! Deprisa!
Sostenía Andrés Ortega en El País de hace unos días que en Europa, Asia y EE UU (sospecho las razones obvias de no incluir a África, pero ignoro las de no incluir a Oceanía) el botón más gastado de los ascensores suele ser el de cerrar puertas, debido a que muchos usuarios aprietan ese botón por no aguantar “la espera insoportable” de aguardar entre dos a cuatro segundos, que es el tiempo programado para que se cierren las puertas después de marcar el piso. Y continúa diciendo: “No digamos ya quien espera a que llegue el ascensor. El enfado empieza a los 15 segundos, y a los 40 la gente realmente pierde los nervios”.
Enlazo esta reflexión con un artículo mío reciente en el que hablaba de lo que cuesta informarse. Efectivamente, en materia informativa, cada vez más, está sucediendo que un sector muy importante de la población, a juzgar por las encuestas, no mastica la información que recibe y le interesa que una especie de “vientre de alquiler mediático” realice las funciones de la rumia y se la ofrezca suficientemente mascada y, por ende, manipulada.
Asimismo, el exceso de información circulante, unido a las prisas e impaciencia del mundo moderno y a la condición de consumidores compulsivos de las sociedades supuestamente desarrolladas, puede generar una situación estresante, de ansiedad, que hace que las personas, reactivamente, prefieran aquellos productos informativos simples, poco profundos, rápidos de consumir y de usar y tirar (véase el auge de la prensa gratuita), que aparentemente dan la sensación o el pedigrí de estar bien informados, cuando, sin embargo, lo que se está produciendo es una desinformación cada vez más notable.
Así como lo contrario de deglutir un texto es parar y volver atrás o, en el caso de un buen libro, disfrutar con la belleza de la historia bien construida y saborear el lenguaje de los párrafos bien rematados, la asimilación de la información requiere un poquito de sosiego, de paciencia, de no apretar el botón porque el texto sea ligeramente más extenso que los “cuatro segundos” del ascensor. La lectura rápida puede estar bien para cuestiones profesionales o para una noticia de un periódico. Para el ocio y el gusto, así como para el artículo de fondo no hay métodos de lectura rápida que valga, igual que no se puede contemplar un cuadro o visitar un museo a la carrera.
Con Internet está pasando algo parecido. Al parecer,
echa para atrás el texto que excede la mitad de la pantalla y no digamos el que la supera. Lo que puede llevar más de “cuatro segundos” es abortado por el dedo compulsivo que aprieta el botón (en este caso, el ratón o el teclado). El horror al abismo de la lectura lleva al zapeo permanente de pantallas sucesivas de información que producen en el internauta un efecto hipnótico que le obnubila. Paremos el carro. Menos prisas. Veamos y leamos lo que nos interese y desechemos lo que nos disguste. Pero no descartemos de antemano lo que exceda de los “cuatro segundos” sólo por el hecho de que los exceda. Si es menester, apuntémonos a líneas con ancho de banda que nos abaraten costes, o imprimamos lo que nos interese, o guardemos los archivos para leerlos una vez desconectados de la red, o... Posibilidades hay muchas. Se trata de buscar y de “saborear” la información que nos interese.
Terminaba Ortega su artículo citando una frase célebre de
Descartes, que sostenía que hay dos factores que contribuyen a avanzar:
ir más deprisa que los demás, o ir por el buen camino. Pues bien, en el buen camino cibernético de la lectura por la red de redes, sugiero con Ortega la paciencia como método, y procuro aguantarme las ganas de apretar el botón.
Extraído de:
www.consumehastamorir.com