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Semanas atrás, el conocido ensayista e ídolo de la afición local Slavoj Zizek publicó un artículo (''Los buenos hombres de Davos''), en el que se burlaba de los afanes caritativos de los ricos del planeta, ridiculizándolos como ''liberales comunistas'' y poniendo como principal ejemplo a Bill Gates. El artículo de Zizek tenía excepcionales méritos, el primero de los cuales era la originalidad de resucitar, con ese ademán de enfant terrible que a Zizek produce excelentes dividendos, una moral de boy-scout por la cual es más difícil para un rico alcanzar el paraíso que para el proverbial camello pasar por el ojo de la aguja. El segundo era la práctica del tiro al blanco contra la Cruz Roja, tema de alta dificultad técnica y excepcional valor intelectual (''Han hecho fortunas. ¿Qué podemos esperar de ellos?'' era el argumento central de Zizek). El tercero era el tono de superioridad intelectual y hasta de burla, bien justificado dado que los proyectos políticos de Zizek y sus camaradas se hallan al tope de la agenda mundial, en tanto que los de los miembros del sistema económico global siguen perdiendo terreno.
En los veinte años que me desempeñé como entrenador deportivo aprendí que cuando se pierden todos los partidos por goleada, mejor que burlarse de los rivales y atribuir nuestras derrotas a su maldad es tratar de descubrir qué es lo que ellos hacen bien y nosotros, mal. Lo que los capitalistas globales han hecho notoriamente bien en las últimas décadas, con lo cual han dejado a la política fuera de juego ha sido globalizar sus empresas, organizaciones e instituciones y despojarlas de toda lógica territorial en beneficio de un interés supranacional: el de la ganancia. Capitalistas del mundo: ¡uníos!, según la clásica recomendación de Marx.
En tanto, una ''izquierda'' aferrada a sus fuentes de prestigio y financiación nacionales y admiradora de los garabatos metafísicos de los Zizek de turno ha sido manifiestamente incapaz de poner la igualdad por delante del nacionalismo, la libertad por encima del provincialismo y la fraternidad delante de la identidad nacional. De manera que ahora ''resiste'', valientemente, ''a la Zizek'', atribuyendo los males del mundo no a las propias incapacidades sino a la banalidad del imperio capitalista del mal.
La misma izquierda que fue el partido del progreso se ha transformado así en un patético furgón de cola en el que sus figuras eminentes se sienten revolucionarios por ganarse la vida apedreando salones de caridad. ¡Hasta un té canasta puede ser más interesante y progresista que muchos de los meetings de sus sectas, que oscilan entre lo jurásico y lo confesional! De resultas de lo cual ha habido un retroceso enorme no sólo del poder sino de la inteligencia de los actores políticos respecto de los actores económicos. Es esto lo que hace que Bill Gates, el hombre más rico del planeta, quien alcanzó su posición estableciendo monopolios globales gracias a una legislación antimonopólica reducida a la escala nacional, sea considerablemente más inteligente y progresista que el presidente democráticamente elegido de los Estados Unidos, una de cuyas primeras hazañas en el gobierno fue la de abolir la tasa de herencia.
En un verdadero mundo al revés en el que los magnates económicos se oponían a la ulterior concentración de la riqueza propuesta por el poder político democrático, 120 de los hombres más ricos de los EE.UU. liderados por Gates y entre los cuales se encontraban George Soros, Ted Turner y varios Rockefellers, llamaron públicamente a conferencia de prensa y firmaron un documento reclamando que se subieran las tasas de herencia, en vez de bajarlas. Entonces, el demoníaco Bill Gates declaró: ''Tasar multimillonarios muertos es más justo que tasar a quienes no son tan ricos y aún están vivos''.
¿Simple palabrerío? La Bill & Melinda Gates Foundation es la más grande fundación de beneficencia del mundo. Garantiza fondos para la educación universitaria de las minorías discriminadas de los Estados Unidos, para la prevención del sida y las enfermedades tropicales en Africa, y provee 90% del presupuesto sanitario mundial contra la polio. En 2005, Gates donó veintiocho mil millones de dólares a su propia fundación, lo que obliga a ésta, por ley federal, a donar a su vez al menos mil millones anuales en obras como las mencionadas. No satisfecho, en 2005 el dueño de Microsoft hizo una contribución adicional de 750 millones de dólares al Fondo Internacional para la Vacunación, contra enfermedades de la pobreza, como la difteria, la tos convulsa y la fiebre amarilla. He allí el monstruo come-niños que enfrentan héroes como Slavoj Zizek, profesor invitado de las universidades de Chicago, Columbia, Princeton, New York, Minnesota y Michigan, todas ubicadas en el Tercer Mundo, y escritor de catálogos de la casa de modas Abercrombie & Fitch.
Desde luego, Bill Gates no es un revolucionario. ¿O sí? Durante la Revolución de revoluciones, la francesa, no sólo el carácter hereditario del poder político estuvo en discusión: la apropiación de la herencia económica individual por parte del Estado formaba parte del programa de las agrupaciones radicales, de la liderada por el antecesor del socialismo Grachus Babeuf. La idea era simple: más fácil que expropiarle el dinero a un rico aún vivo sería hacerlo cuando estuviera muerto. Después de tantos sinsabores, el socialismo bien podía esperar una generación. De allí, la socialización de la herencia pasó al campo marxista, hasta aparecer como uno de los puntos propuestos por Marx en su Crítica al Programa de Gotha.
Gates no se ha limitado a reunir el mencionado grupo de 120 hiper-ricos estadounidenses que quieren pagar más tasas al morir, sino que ha establecido en su testamento que sólo un 1% de su herencia irá a parar a manos de sus descendientes, dejando el restante 99% para obras de beneficencia internacional. Dado que la fortuna de Gates ronda los 50 mil millones de dólares, el 1% que les corresponderá representa 500 millones de dólares. Esto es: el bueno de Bill se puede permitir cinco hijos a 100 millones de herencia cada uno. Que ninguno de ellos pasará hambre, es seguro. Y he aquí la inteligencia de Gates, bien lejana de la disputa estilo suma-cero que tanto gusta a los Robin Hood de escritorio como Zizek es seguro también que de ninguna manera el haber heredado el patrimonio completo de su padre les hubiera garantizado una vida más digna o más feliz. Estoy casi seguro de lo contrario, y apuesto a que también lo está Gates.
Ahora demos un paso más, y supongamos que existe en el mundo una izquierda digna de ese nombre y no la triste caravana de nacionalistas furiosos y académicos tuertos que miran con el ojo malo a los ricos del mundo mientras con el ojo bueno no pierden de vista la beca Guggenheim. Imaginemos que hay una izquierda moderna capaz de elevar al nivel global las instituciones democráticas de la misma manera que esa Asamblea Francesa en la que la izquierda recibió su nombre instaló la democracia a nivel nacional. Supongamos que así como los malvados e individualistas capitalistas han sido capaces de crear mercados globales y corporaciones globales, los buenos, solidarios y democráticos ciudadanos del mundo hemos creado un Parlamento Mundial en el que cada uno vale un voto y la mayoría pertenece a los dos tercios pobres de la humanidad. ¿Imposible? No si alguien tan tonto como Gates pudo pasar de un garaje de California a ser el hombre más rico del mundo.
Otro paso: este Parlamento Mundial retoma la herencia de Babeuf y establece que algunas decenas de millones de dólares son herencia suficiente para cualquier ser humano, y hace que el resto de las propiedades del difunto sean heredadas por la Humanidad. Si se trata de empresas éstas son reprivatizadas. Los beneficios de esta tasa de herencia global permitirían bajar las demás tasas (con gran beneplácito de los capitalistas vivos) y conformar un impuesto global a favor de la creación de un estado de bienestar mundial. Poca cosa.
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Semanas atrás, el conocido ensayista e ídolo de la afición local Slavoj Zizek publicó un artículo (''Los buenos hombres de Davos''), en el que se burlaba de los afanes caritativos de los ricos del planeta, ridiculizándolos como ''liberales comunistas'' y poniendo como principal ejemplo a Bill Gates. El artículo de Zizek tenía excepcionales méritos, el primero de los cuales era la originalidad de resucitar, con ese ademán de enfant terrible que a Zizek produce excelentes dividendos, una moral de boy-scout por la cual es más difícil para un rico alcanzar el paraíso que para el proverbial camello pasar por el ojo de la aguja. El segundo era la práctica del tiro al blanco contra la Cruz Roja, tema de alta dificultad técnica y excepcional valor intelectual (''Han hecho fortunas. ¿Qué podemos esperar de ellos?'' era el argumento central de Zizek). El tercero era el tono de superioridad intelectual y hasta de burla, bien justificado dado que los proyectos políticos de Zizek y sus camaradas se hallan al tope de la agenda mundial, en tanto que los de los miembros del sistema económico global siguen perdiendo terreno.
En los veinte años que me desempeñé como entrenador deportivo aprendí que cuando se pierden todos los partidos por goleada, mejor que burlarse de los rivales y atribuir nuestras derrotas a su maldad es tratar de descubrir qué es lo que ellos hacen bien y nosotros, mal. Lo que los capitalistas globales han hecho notoriamente bien en las últimas décadas, con lo cual han dejado a la política fuera de juego ha sido globalizar sus empresas, organizaciones e instituciones y despojarlas de toda lógica territorial en beneficio de un interés supranacional: el de la ganancia. Capitalistas del mundo: ¡uníos!, según la clásica recomendación de Marx.
En tanto, una ''izquierda'' aferrada a sus fuentes de prestigio y financiación nacionales y admiradora de los garabatos metafísicos de los Zizek de turno ha sido manifiestamente incapaz de poner la igualdad por delante del nacionalismo, la libertad por encima del provincialismo y la fraternidad delante de la identidad nacional. De manera que ahora ''resiste'', valientemente, ''a la Zizek'', atribuyendo los males del mundo no a las propias incapacidades sino a la banalidad del imperio capitalista del mal.
La misma izquierda que fue el partido del progreso se ha transformado así en un patético furgón de cola en el que sus figuras eminentes se sienten revolucionarios por ganarse la vida apedreando salones de caridad. ¡Hasta un té canasta puede ser más interesante y progresista que muchos de los meetings de sus sectas, que oscilan entre lo jurásico y lo confesional! De resultas de lo cual ha habido un retroceso enorme no sólo del poder sino de la inteligencia de los actores políticos respecto de los actores económicos. Es esto lo que hace que Bill Gates, el hombre más rico del planeta, quien alcanzó su posición estableciendo monopolios globales gracias a una legislación antimonopólica reducida a la escala nacional, sea considerablemente más inteligente y progresista que el presidente democráticamente elegido de los Estados Unidos, una de cuyas primeras hazañas en el gobierno fue la de abolir la tasa de herencia.
En un verdadero mundo al revés en el que los magnates económicos se oponían a la ulterior concentración de la riqueza propuesta por el poder político democrático, 120 de los hombres más ricos de los EE.UU. liderados por Gates y entre los cuales se encontraban George Soros, Ted Turner y varios Rockefellers, llamaron públicamente a conferencia de prensa y firmaron un documento reclamando que se subieran las tasas de herencia, en vez de bajarlas. Entonces, el demoníaco Bill Gates declaró: ''Tasar multimillonarios muertos es más justo que tasar a quienes no son tan ricos y aún están vivos''.
¿Simple palabrerío? La Bill & Melinda Gates Foundation es la más grande fundación de beneficencia del mundo. Garantiza fondos para la educación universitaria de las minorías discriminadas de los Estados Unidos, para la prevención del sida y las enfermedades tropicales en Africa, y provee 90% del presupuesto sanitario mundial contra la polio. En 2005, Gates donó veintiocho mil millones de dólares a su propia fundación, lo que obliga a ésta, por ley federal, a donar a su vez al menos mil millones anuales en obras como las mencionadas. No satisfecho, en 2005 el dueño de Microsoft hizo una contribución adicional de 750 millones de dólares al Fondo Internacional para la Vacunación, contra enfermedades de la pobreza, como la difteria, la tos convulsa y la fiebre amarilla. He allí el monstruo come-niños que enfrentan héroes como Slavoj Zizek, profesor invitado de las universidades de Chicago, Columbia, Princeton, New York, Minnesota y Michigan, todas ubicadas en el Tercer Mundo, y escritor de catálogos de la casa de modas Abercrombie & Fitch.
Desde luego, Bill Gates no es un revolucionario. ¿O sí? Durante la Revolución de revoluciones, la francesa, no sólo el carácter hereditario del poder político estuvo en discusión: la apropiación de la herencia económica individual por parte del Estado formaba parte del programa de las agrupaciones radicales, de la liderada por el antecesor del socialismo Grachus Babeuf. La idea era simple: más fácil que expropiarle el dinero a un rico aún vivo sería hacerlo cuando estuviera muerto. Después de tantos sinsabores, el socialismo bien podía esperar una generación. De allí, la socialización de la herencia pasó al campo marxista, hasta aparecer como uno de los puntos propuestos por Marx en su Crítica al Programa de Gotha.
Gates no se ha limitado a reunir el mencionado grupo de 120 hiper-ricos estadounidenses que quieren pagar más tasas al morir, sino que ha establecido en su testamento que sólo un 1% de su herencia irá a parar a manos de sus descendientes, dejando el restante 99% para obras de beneficencia internacional. Dado que la fortuna de Gates ronda los 50 mil millones de dólares, el 1% que les corresponderá representa 500 millones de dólares. Esto es: el bueno de Bill se puede permitir cinco hijos a 100 millones de herencia cada uno. Que ninguno de ellos pasará hambre, es seguro. Y he aquí la inteligencia de Gates, bien lejana de la disputa estilo suma-cero que tanto gusta a los Robin Hood de escritorio como Zizek es seguro también que de ninguna manera el haber heredado el patrimonio completo de su padre les hubiera garantizado una vida más digna o más feliz. Estoy casi seguro de lo contrario, y apuesto a que también lo está Gates.
Ahora demos un paso más, y supongamos que existe en el mundo una izquierda digna de ese nombre y no la triste caravana de nacionalistas furiosos y académicos tuertos que miran con el ojo malo a los ricos del mundo mientras con el ojo bueno no pierden de vista la beca Guggenheim. Imaginemos que hay una izquierda moderna capaz de elevar al nivel global las instituciones democráticas de la misma manera que esa Asamblea Francesa en la que la izquierda recibió su nombre instaló la democracia a nivel nacional. Supongamos que así como los malvados e individualistas capitalistas han sido capaces de crear mercados globales y corporaciones globales, los buenos, solidarios y democráticos ciudadanos del mundo hemos creado un Parlamento Mundial en el que cada uno vale un voto y la mayoría pertenece a los dos tercios pobres de la humanidad. ¿Imposible? No si alguien tan tonto como Gates pudo pasar de un garaje de California a ser el hombre más rico del mundo.
Otro paso: este Parlamento Mundial retoma la herencia de Babeuf y establece que algunas decenas de millones de dólares son herencia suficiente para cualquier ser humano, y hace que el resto de las propiedades del difunto sean heredadas por la Humanidad. Si se trata de empresas éstas son reprivatizadas. Los beneficios de esta tasa de herencia global permitirían bajar las demás tasas (con gran beneplácito de los capitalistas vivos) y conformar un impuesto global a favor de la creación de un estado de bienestar mundial. Poca cosa.
BUeno, una excelnte descripción sobre la faceta altruista de Gates, que a pesar de todo lo que se ha dico de él, es una realidad.
Saludos.

