Cita:
http://www.lanacion.com.ar/tecnologi...nota_id=950514 Aún con fallas visibles, los CD andan bien; pero no se puede saber hasta cuándo será así
Viajemos cien años al presente. Del gramófono que comenté la semana última a mi colección de CD, que de a poco, al azar, un poco como opera el destino, va deteriorándose. Mi copia de una grabación histórica de los conciertos para violín y orquesta de Beethoven y Brahms, interpretados por el genial Jascha Heifetz, ya tiene un manifiesto agujero en la placa de aluminio. Como conté alguna vez, el segundo disco del álbum doble The Lamb Lies On Broadway , de Genesis, está visiblemente deteriorado. El que más me preocupa es un doble con los conciertos para órgano de Händel, por Trevor Pinnock. Lo compré hace unos veinte años y en aquella época las discográficas añadían una delgada hoja de espuma de goma para "proteger" los discos. Lamentablemente, este material se degrada con los años y en este caso se adhirió a la etiqueta, que está peligrosamente carcomida.
Ya me da un poco de miedo seguir revisando la colección. En todo caso, no sé ni puedo saber cuáles discos han empezado a dañarse, ni cuáles ya entraron en un proceso de decadencia cuyos síntomas se verán el año próximo. O dentro de una década.
Es verdad que si una placa se daña es posible comprarla de nuevo, pero no todas vuelven a editarse y, por otro lado, ¿no iban a durar un siglo los compactos? Por una asociación más o menos obvia, los discos del gramófono me hicieron mirar nuevamente en dirección de mi colección de música láser.
El que haya fallas visibles en un CD no significa que ya no sirva. La cuestión es que no podemos saber cómo sigue la historia, porque la experiencia con esta tecnología se remonta a tan sólo 25 años. Se puede emular artificialmente el paso del tiempo, pero no puedo hacerlo con mis propios discos. Así que me propuse idear un salvamento masivo, al menos como experimento.
Lo primero fue ampliar el espacio de almacenamiento en la computadora donde se guardarían los discos. Compré un Western Digital de 250 gigabytes (GB) y lo instalé en la Pentium 4 a 3.0 gigahertz (GHz), que ahora ha pasado a hacer trabajo de proxy y depósito de datos. Prefiero varias unidades de menor capacidad que una sola más espaciosa. Es decir, entre un disco de 500 GB y dos de 250 GB, elegiré siempre la segunda opción. El resultado es más seguro y ágil.
...
Por Ariel Torres
Viajemos cien años al presente. Del gramófono que comenté la semana última a mi colección de CD, que de a poco, al azar, un poco como opera el destino, va deteriorándose. Mi copia de una grabación histórica de los conciertos para violín y orquesta de Beethoven y Brahms, interpretados por el genial Jascha Heifetz, ya tiene un manifiesto agujero en la placa de aluminio. Como conté alguna vez, el segundo disco del álbum doble The Lamb Lies On Broadway , de Genesis, está visiblemente deteriorado. El que más me preocupa es un doble con los conciertos para órgano de Händel, por Trevor Pinnock. Lo compré hace unos veinte años y en aquella época las discográficas añadían una delgada hoja de espuma de goma para "proteger" los discos. Lamentablemente, este material se degrada con los años y en este caso se adhirió a la etiqueta, que está peligrosamente carcomida.
Ya me da un poco de miedo seguir revisando la colección. En todo caso, no sé ni puedo saber cuáles discos han empezado a dañarse, ni cuáles ya entraron en un proceso de decadencia cuyos síntomas se verán el año próximo. O dentro de una década.
Es verdad que si una placa se daña es posible comprarla de nuevo, pero no todas vuelven a editarse y, por otro lado, ¿no iban a durar un siglo los compactos? Por una asociación más o menos obvia, los discos del gramófono me hicieron mirar nuevamente en dirección de mi colección de música láser.
El que haya fallas visibles en un CD no significa que ya no sirva. La cuestión es que no podemos saber cómo sigue la historia, porque la experiencia con esta tecnología se remonta a tan sólo 25 años. Se puede emular artificialmente el paso del tiempo, pero no puedo hacerlo con mis propios discos. Así que me propuse idear un salvamento masivo, al menos como experimento.
Lo primero fue ampliar el espacio de almacenamiento en la computadora donde se guardarían los discos. Compré un Western Digital de 250 gigabytes (GB) y lo instalé en la Pentium 4 a 3.0 gigahertz (GHz), que ahora ha pasado a hacer trabajo de proxy y depósito de datos. Prefiero varias unidades de menor capacidad que una sola más espaciosa. Es decir, entre un disco de 500 GB y dos de 250 GB, elegiré siempre la segunda opción. El resultado es más seguro y ágil.
...
Por Ariel Torres

