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Antiguo 07/05/2007, 13:12
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monoswim
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Pequeñas delicias de un miércoles de mayo

Cita:
Tenía que levantarme a las seis y media de la mañana para dar clases. Como tiendo a despertarme tarde y como soy consciente de que en nuestro país uno no puede dar por supuesto el flujo eléctrico, dispuse -como siempre- no sólo el despertador, sino también mi reloj pulsera para que sonara a la hora señalada.

Ser previsor rinde sus frutos. La luz, efectivamente, se cortó en algún momento de la noche; posiblemente uno de esos breves cortes de uno o dos minutos que he padecido desde hace meses, especialmente en el verano. Lamentablemente, la leve y escasa alarma del reloj pulsera (diez segundos) no alcanzó para despertarme.

Si me pregunta por qué no activé el despertador de mi celular, es simple. Ni se me ocurrió. Después de esta experiencia, lo tendré en cuenta. En general, sin embargo, tengo la costumbre de apagar todos los teléfonos para descansar. Uno no debe estar disponible siempre, es algo enajenante. Pero el celular es, sin duda, una excelente solución: se pueden silenciar sus ringtones y, sin embargo, el despertador sonará igual. Todo los días se redescubre algo.

En fin, cuando abrí los ojos, el despertador titilaba alegremente. La batería de 9 voltios debe haberse extinguido hace mucho, a fuerza de cortes y de la avanzada edad del, por otro lado, robusto aparato. Marcaba las 6.44. La luz había vuelto casi siete horas atrás. Es decir, se cortó quizás cinco minutos después de que me dormí.

Miré el reloj pulsera y como eran las ocho menos cuarto salté de la cama con esa sensación tan urbana y tan desagradable a la que llamamos "me quedé dormido". Quince minutos después, y con el solo desayuno de la ducha, estaba rumbo a la Facultad.

Al dejar el auto en el estacionamiento recordé que, la noche anterior, me había olvidado de sacar dinero del cajero. El día no había empezado bien, y no había mejorado ni un poco con el tránsito demencial de esta ciudad. Supuse, sin embargo, que ya no habría más malas noticias. El cajero de la Facultad, sólido y moderno, sería la solución.

Pero no andaba, como descubrí luego de dictar clase. La interfaz estaba colgada, dando graciosos y casi sarcásticos saltitos de arriba hacia abajo.

Pregunté por otro. Me dieron la dirección de una estación de servicio. Caminé dos cuadras para descubrir que la mencionada estación estaba en refacción, rodeada por una empalizada. Es toda una esquina y la obra debe poder verse desde la órbita terrestre. Pero nadie parecía haberlo notado.

Bien. Calma. El estacionamiento seguramente tomaría mi auto en parte de pago cuando terminara de buscar efectivo. O mi reloj. Volví a preguntar por un cajero. Ya llevaba quince minutos de retraso para otro compromiso, eran las once y media y sólo había tomado un café presuroso. A cuatro cuadras, me dijeron, había un banco. En efecto, encontré dos cajeros. Pero ninguno tenía dinero. Quiso la suerte (algo me quedaba, al parecer) que fuera una sucursal de la entidad donde tengo mis cuentas. Solo tuve que hacer una cola de veinte minutos para sacar papel moneda.

Esa noche, al volver a casa, descubrí que la única computadora sin UPS (fuente de energía ininterrumpida) se negaba a reiniciar. El corte había dañado el Registro de XP. Claro que podía arreglarlo, pero no después de una jornada de quince horas. Quedaría para el fin de semana. La reinicié con Linux, copié unos archivos que necesitaba, y la dejé apagada.

Al día siguiente de esta mínima y doméstica aventura, alguien comentó cuánto mejor era cuando vivíamos sin tantas máquinas. Y por un instante estuve a punto de darle la razón. Me contuve. Pero, pensándolo bien, un gallo madrugador podría ser práctico.

Por Ariel Torres
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Esteban Quintana