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monoswim
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La música es de otros, pero los CD son míos

Cita:

Al parecer, y sin que ésa fuera la intención, se produjo un acalorado debate entre los lectores por mi última columna. No, como podría haberse esperado, para defender un formato de compresión o el mejor método para archivar datos, aunque algunos lo intentaron, afortunadamente.

El debate se orientó, más bien, hacia la legalidad o ilegalidad de mi backup de discos compactos.

Hay dos formas, al menos, de definir legalidad . Una es lo que se ajusta a la ley . Pero la letra de la ley está, como toda letra, sujeta a múltiples interpretaciones, nunca es absoluta y son los jueces los encargados de aplicarla. De modo que es imposible hablar de la ley en un sentido abstracto, excepto con fines, digamos, científicos.

Al mismo tiempo, la ley es aquella regulación que las personas establecemos para vivir en una sociedad civilizada. Técnicamente, un acto ilícito, me apunta un abogado aquí en el diario, "requiere la violación de la ley, la voluntariedad del acto, que debe ser imputable a la persona en razón de su dolo o de su culpa, y el daño. Para que el acto sea ilícito debe estar expresamente prohibido por la ley, pero la prohibición no puede surgir de contemplar una norma aislada, sino la totalidad del sistema jurídico."

Me pregunto, sinceramente, cuán dañino puede ser el tratar de salvar para mi vejez los discos que compré en mi juventud, y esto en el ámbito de mi privacidad, un ámbito severamente custodiado por la Constitución. Por más vueltas que le dé, no encuentro cómo, haciendo esto, he empeorado la sociedad en la que vivo. De hecho, y hasta donde alcanza mi entendimiento, sólo se puede obtener beneficios de la información que apareció en esa columna; difundir información es, dicho sea de paso, otra garantía constitucional.

Sin embargo, todas estas cosas podrían ser especulaciones mías. Así que levanté el teléfono y lo llamé al constitucionalista Gregorio Badeni para preguntarle si existía alguna posibilidad de que estuviera cometiendo un delito al crear un backup de mis discos compactos. La respuesta fue contundente: "Es su derecho. Si lo hace para su uso personal, no para lucrar ni difundir gratis esa música, entonces no hay ningún ilícito. Lo que usted está haciendo es tratar de mantener la relación jurídica que concertó al comprar sus discos, está tratando de preservar su patrimonio". Tan contundente como claro, sin tecnicismos, cristalino.

Cuando le señalé que la ley argentina de propiedad intelectual no contemplaba el uso justo ( fair use ) Badeni descartó de plano el que la ley 11.723 afirme que hacer copias privadas de obras intelectuales sea un delito. "Lo que se prohíbe es la reproducción con fines de difusión", aclaró. En otras palabras, mientras no distribuya copias, puedo utilizar esas obras intelectuales en el ámbito de mi familia y amistades como más me guste.

No carece de sentido. De otro modo, ¿cómo podría poner discos en mi cumpleaños sin autorización de la discográfica? Desde luego, depende de cuánta gente venga a la fiesta. Si invito a 3000 personas y el acto se televisa por 15 canales, bueno, el juez posiblemente entienda que eso no fue precisamente un "acto privado".

Ahora, imagínese estar comiendo con un amigo en su casa y abstenerse de poner Ballads, de Dexter Gordon, porque, teóricamente, esa persona no pagó la copia del disco. O, para volver este planteo todavía más absurdo, pedirle al convidado que traiga los originales de los discos que van a escuchar, o al menos la factura de compra.

El asunto se complicaría todavía más, si en lugar de un amigo se trata del cónyuge. ¿Sería lícito escuchar juntos los discos que compraron cuando aún no estaban casados, o sólo podrán compartir la música que poseen como bien ganancial?

Pregunto más: ¿se ha vuelto un hecho ilícito escuchar música con mis seres queridos? ¿A eso hemos llegado?

Cualquier razonamiento que hagamos partiendo de la idea de que las leyes de propiedad intelectual de alguna forma pueden invadir nuestra privacidad lleva a completos absurdos.

Badeni fue muy claro al respecto. Uno compra un objeto material que contiene un bien intelectual y puede hacer lo que quiera con ese objeto material, incluso reproducirlo en el ámbito privado, siempre y cuando no lo difunda públicamente, lo alquile, pase copias o cualquier otra cosa que salga de ese ámbito privado, íntimo y personal.

Hablamos con Badeni también de la razonabilidad, un aspecto que me preocupa mucho, porque las leyes –se supone– fueron creadas para las personas, y si las personas no pueden entenderlas, entonces tenemos un problema mayúsculo.

No hay derechos absolutos, me explicó el constitucionalista, y esto significa que cuando existe un conflicto hay que aplicar el principio de razonabilidad.

En otras palabras, un poco de sentido común nunca viene mal. No siempre alcanza, es verdad. En el caso de las leyes que gobiernan la física de las partículas, por ejemplo, el sentido común no sirve para nada. Pero cuando se trata de las leyes que regulan nuestra convivencia, si algo no es susceptible de ser entendido por medio de la razón, entonces creo que el problema lo tiene la ley, hay que ponerla al día, darla de baja, escribir una nueva, o lo que sea más útil para todos.

En cuanto a mis discos, son míos. Las óperas, canciones, sinfonías y conciertos les pertenecen a sus autores, intérpretes o, para ser todavía más meticuloso, a quienes hayan registrado la propiedad intelectual. Pero los discos son míos; eso se llama propiedad privada, y estoy seguro de que todos estamos de acuerdo en que ese derecho sigue vigente. Lo que haga con mi propiedad privada es asunto mío, en tanto no viole la ley.

Respecto de la propiedad intelectual de otros, la tengo muy clara. Vengo ganándome la vida con lo que sale de mi cabeza desde los 17 años, así que no me lo tienen que explicar. Además, me gustan los discos y libros originales. Constituyen, mi biblioteca y mi discoteca, mis fortunas más preciadas. Y aun en un mundo absurdo donde las discográficas pudieran fiscalizar lo que hago con mis discos dentro de mi casa, de todas formas haría el backup de estos objetos tan preciados.

La razón es muy sencilla: un libro o un disco no son como un auto o una notebook. Significan algo más. Son más que objetos. Son cultura. Son sagrados. El "ser mío" que aplico a mis discos es mucho más trascendental que el "ser mío" de un sofá o un velador. Cuando pienso en mi vida, esos objetos –y esos en particular, no otras copias originales idénticas– forman parte del retrato, me han educado, cambiado, mejorado, ayudado, confortado y bendecido. Les debo mucho más que lo que en su momento me costaron.

En ese sentido, no hay backup que alcance, porque aunque logre salvar los datos, esos objetos únicos que son mis discos (esos, no otros) se basan en una tecnología que prometía cien años y que a los veinte ya muestra signos de deterioro.

No obstante, ya lo sé, atesoraré mis CD incluso cuando dejen de andar. Si es que eso ocurre.

Espero que no.

Por Ariel Torres
http://www.lanacion.com.ar/tecnologi...nota_id=952659
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Esteban Quintana